Fragmentos: El fuego y la angustia

Silva, R. (2020). Páramo en llamas. [Óleo sobre lienzo]. Museo Universitario Fernando del Paso.

Y en el Hades alzó sus ojos, estando en
tormentos, y vio de lejos a Abraham, y a
Lázaro en su seno. Entonces él, gritando
dijo: Padre Abraham, ten
misericordia de mí, y envía a Lázaro para
que moje la punta de su dedo en agua, y
refresque mi lengua; porque estoy
atormentado en esta llama.

Lucas 16:23-24

En el interior del país, el sol no parecía ser el mismo sol que nace y renace en el resto del mundo. Como si ese pedazo de suelo se hubiera hecho de un material ajeno a la naturaleza conocida, el cielo, las nubes, los pájaros y las estrellas parecían ser capaces de cantar, gestando la creencia de que fueron creados única y particularmente para las personas de ese lugar. El sol era tímido e introvertido al principio de cada día, pero lentamente maduraba en fuerza, forma y color, gateando suntuosamente sobre los cerros, balbuceando el avance del día hasta aprender su propio idioma en la cima del valle y finalmente desprenderse del suelo entre cantos enmudecidos por el viento seco. El sol parecía ser respetado o temido, por lo que la gente acostumbraba a despertarse antes que él como un ritual de ofrenda, entregándole el sueño que se podría tener al final de cada madrugada.

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La luna era un sol disfrazado de luna, como si la noche fuera solo un engaño. Mucha gente creía que aquel sitio nunca tuvo una luna, a diferencia de otros lugares del mundo, que podían darse el lujo de disfrutar de la noche. Se había creado el rumor de que más bien vivían en su cielo dos soles que rotaban y calentaban la tierra durante el día y la noche, alternándose ese trabajo infinito. Dicen que incluso en la noche, uno puede sentir que el calor se pasea entre las calles con sus pies de fuego vivo, como si no cayera en la cuenta de que ya hace varias horas debía irse con el sol de hierro hacia la espalda de los cerros. La brisa tibia tenía la costumbre de meterse en las casas, entrar por los espacios y huecos de las puertas e invadir a las personas en sus camas en medio de sus sueños más profundos.

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Vos… vos sabías lo mucho que yo te amaba entonces, che encanto. Y si estuvieras viva, también ahora mismo sabrías cómo te sigo amando. Extraño y sueño con tu aroma, tu calidez, tu humildad, tus frutas y tus cordilleras que se levantaban como dientes inofensivos, jugando a mordernos y besarnos tiernamente. Cuando nací y crecí sobre tus senos maternales, era apenas un muchachito. Ahora soy un hombre.

Te tienen que pedir perdón. Te dejaron morir como se mueren los animales abandonados. La gente ve el cadáver sucio e hinchado de un perro, arrinconado en el cordón de una avenida, pero no se asusta ni asombra con eso. “Es mejor que vengan los de la municipalidad a tirar a otro lado antes de que comience a tener olor”, dicen sin conmoverse por el fenómeno de la muerte. Todos se olvidaron de vos, mi tierra. Ellos te mataron. Te mataron tus hijos.

—Tiene mucha verdad lo que dijiste.

—Cuando yo sea grande seguro que voy a volar como esta pandorga tan lindote que preparamos, Juancito. Yo quiero ser como los pajaritos. Mirá allaité cómo ese guyra’i está más hasta arriba que nuestra pandorga —respondió mientras apuntaba al cielo, parada de puntitas como si pudiera alcanza a tocar las plumas del pájaro.

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Para Concepción, la maternidad era un asunto que necesitaba aceptarse sin entender cómo, sin buscarle explicaciones. Y no se debía a que la viera con ojos temerosos, pensando en toda la responsabilidad que significaba, sino que no tenía idea de qué era exactamente aquello de “felicidades, Concepción, ahora tené en tu pancita un hermoso bebe’i; o hermosa, según lo que Dios quiera querer mandarnos”. Tenía 16 años, pero nunca había imaginado lo mucho que debía sufrir una madre para que por fin pudiera escuchar el llanto de vida del recién nacido. Después de todo, nadie le había explicado qué tanto podía hincharse o retorcerse el cuerpo de una mujer embarazada, ni mucho menos le habían advertido sobre el mareo, los vómitos, los sentimientos de culpa acompañados de un dolor insoportable en los senos, en la espalda. Nadie le enseñó que el alma podía sentir tanta angustia.

Cuando le dijeron que fuera a arrancar la mandioca que siempre arrancaba en las mañanas, simplemente dejó de barrer para ir a traer lo que le pidieron. Ella no imaginó que volvería de la huerta con la semilla de un ser humano dentro de su cuerpo, que le habían regalado tan violentamente. Las conversaciones sobre la extraña inexistencia del padre, aparecían brevemente en las calles o en el mercado, en medio de alguna compra o alrededor del mate entre las vecinas que siempre se enteraban de todo.

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Mamá, perdoname. Nada de lo que nos pasó fue tu culpa, empezando por el abandono de papá, quien se fue cuando más necesidades teníamos en los bolsillos y en el corazón. Se fue como se van la sonrisa y la alegría del rostro de los pobres, escurriéndose bajo sus ojos, soltándose del borde de los párpados y rodando por sus mejillas hasta que tantas vueltas terminan por transformarlas en lágrimas pesadas y espesas.

Pero vos volviste a encontrar un amor, o al menos eso creíste. Y yo te apoyé, mamá, porque eras joven y no tenías por qué privarte de la compañía y el calor del cariño que, en algún momento, todos necesitamos; no tenías por qué enfrentar al mundo en soledad, cargando solita sobre tu espalda la responsabilidad de educar a una niña tan pequeña como era yo en aquellos tiempos. No tenías por qué. ¿Te acordás, mamá? Comenzaste a salir con él muchos años después de que nos quedáramos solas, y todavía así te sentiste culpable por estar conociendo a otra persona. Me preguntaste tantas veces que si no me molestaría verte al lado de alguien que no fuera papá, que si no me haría sentir mal, que si esto y que si aquello. Y como ya era una niña un poquito más grande cuando me preguntaste todas esas cosas, fui capaz de decirte que solo quería verte feliz. Y eso te conmovió tanto que me abrazaste llorando. 

Él vino a casa cuando se quemaron aquellos cables viejos que no se habían cambiado desde que papá nos dejó. Papá era el único que sabía cómo hacer los mantenimientos de la casa y fue por eso que debimos buscar ayuda para hacer aquellas reparaciones eléctricas. Y con el tiempo fue el electricista que venía cada vez que se nos quedábamos sin luz o se quemaban los focos, hasta que se convirtió en un amigo tuyo y fue acercándose a vos, empujando hacia algún lado la soledad física que tenías, tomándote de la mano izquierda que tenías vacía desde hace años.

Pero lo que pasó después no tuvo nada que ver contigo, mamá. Vos siempre me cuidaste de todos.
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Quiero que cierres los ojos. Ponete de pie, en una postura relajada. No tensiones la espalda. Dejame acomodarte el cabello por detrás de las orejas. Pegá tu frente con la mía. No abras los ojos, concentrate en la brisa que nos acaricia con las puntas de sus dedos. Quitate las zapatillas, para sentir el sudor de la tierra, como si quisiéramos enraizarnos y convertirnos en dos semillas de su vientre. ¿Sentís? La tierra suena con tambores suaves, que hacen un eco y se transforman en un canto callado, multiplicado por las hojas de los árboles, desde el tronco hasta las ramas. De fondo, muy de fondo, se escucha el sonido simétrico de un pequeño arroyo que vive su propia vida. Les saca brillo a las piedras, traslada hojas secas, refleja en su superficie el rostro de la gente, el cielo plomizo, las nubes pálidas. El cuenco de nuestras narices se acomoda como un rompecabezas. Se te pone piel de gallina, tu vestido baila con el viento, tus aritos hacen juego con las flores del campo. Ahora quiero que sientas la conexión de tus manos con mis manos, cómo encajan, cómo te transmiten mi persona. Mientras, pensá en los mejores recuerdos de tu infancia. Los juegos, las risas, las bromas. Te sacan una sonrisa, ¿verdad? Dale libertad a tus labios, que formen su propio paisaje. Olvidate del futuro, que no existe. La vida es hoy, solo ahora, nada más que este momento. No te arrepientas, no sobrepienses, no te enojes tanto con la gente ni con los errores ajenos. Solo imaginá el cielo en la tierra. Estamos en medio mismo, entre la más profunda profundidad y lo más alto del paraíso. El fuego primero, la angustia después. El fuego primero, la angustia después. El fuego primero, la angustia después. Después de la angustia, el incendio. Y un poquito después las cenizas.

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"Miren, miren, yo estaba al borde del colapso, sinceramente hablando. Después de todo lo que me hicieron ustedes, porque de verdad fueron ustedes los que me dejaron sin cara, me di cuenta de algo muy importante sobre mis decisiones. Está bien, yo me voy bien al infierno... pero definitivamente ustedes se van conmigo. También por lo que le hicieron a mi mamá. No me parece que tenga sentido morirme yo solo, teniendo en cuenta que ustedes me empujaron a este abismo, carajo. Si querían incendio, incendio les voy a dar. ¿Les parece bien? Tampoco es como que importe si les parece mal. No, no, no recen ahora. Ahora ya es demasiado tarde. Y la verdad, ya no espero que Dios sepa comprender lo que hago, porque si me quedaba alguna esperanza de ser comprendido por alguien, era únicamente la posibilidad de ser comprendido por Dios. Pero ahora que noté que me dejó solo, ya ese hilo de luz se soltó para siempre. Y qué mucho le recé, pero nunca me respondió. En fin, estoy en la completa oscuridad. Y solo me queda morirme y ver qué pasa después. Pero morirme solo no. Creo que yo soy el castigo divino que ustedes se buscaron, yo soy el látigo, yo soy el clavo en sus muñecas. Si la vida tiene sentido, ese es el mío: ser el castigo. Se van conmigo los que me trajeron hasta este agujero de porquería del que ya no pude salir. Lo bueno es que van a morir exactamente como van a estar abajo eternamente. Quemados. Ojalá el origen de fuego del infierno no tenga nada que ver con el de la tierra porque, de ser así, creo que los de abajo se van a quedar sin fuego. Quiero ver este paisaje pintado de rojo, naranja, amarillo. Y de fondo un concierto de gritos y gente llorando. Así es, así tuvo que ser. El fuego primero, la angustia después, como decía un viejo amigo. La angustia después. Yo soy hijo de la mandioca".

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Ko'ãga che mandu'a... Che túa he'ima va’ekue oñanduha peteĩ mba'e ojopýva chupe ikorasõme. Che ha'éma kuri upéva Eugenio pe, ha oñembotavý chehegui.

—Lekaja he'i hasyha, Eugenio —ha'e chupe.
—¿Mba'ére hasy? —che mbohovái.
—Ndaikuaái, itujáma ko ha'e. Ohose Paraguáipe, he'I chéve.
—Hasy upéva oiko haguã, ha nde reikuaá porã mba'éicha jaiko'asýta amo.
Yma, Eugenio ha che rohoseterei kokuépe ore túva rapykuéri. Mita'i kuri ore, ha lekaja katu peteĩ karai po'i oñe'ẽ pokãva. Che resa ohecha pe che ru atukupe ry'ái memete mbeguekatu ohóvo, machéte ipópe, ha ko'ãga che karia'ýre ndohóiti che akãgui pe mandu'a.
—¿Rohóta nendive, che ru?
—Nahániri —he'i oréve lekaja—, tuicha pe kokue, ha ikatu pekañy chehegui upépe.
—Rohose ko ne ndive…
—Jaha upéicharõ. Aníke peho mombyry —he'i jipi oréve.

Ha upéicha jaiko yma, amo Paraguái ruguare, Eugenio, che sy, che túa ha che. Che symi porã voi oho ñandehegui, ñandereja peteĩ ko' ẽme, kuarahy pópe.
He'i oréve, pyharépe, “perekoporãke pe nde túvape, peẽ karia'ýma hína, che memby”.
Upéi oky, ha pe yvytu hatã orahapa ore vy'a, ha ore mandi'o. Japyta rei pe ñúre, po tuguýre, py nandíre…
Eugenio he'i oréve roho haguã ambue tetãme. Che ru ha che ndorohejaséi kuri Paraguái, ha upévare hasýpe java. “Oguahẽ ko ára rohejávo katuete, ndahaséiramo jepe”, opurahéi lekaja, katuetei.
¡Mba'éicha piko jaheja ra'e ñande retã! Che resa hykupa tasẽgui, ha che túva katu ha'ete oku'ereívante, ijehegui, okañy chugui pe teko jarekóva jepi ñande ryepýpe… ha ndotopavéi. Upéva ha'e ohekase kuri Paraguáipe.
Che mandu'a mba'éicha añemongeta va'ekue Eugenio ndive…

—Ñande túva omanopotaitéma, Eugenio.
—Ani umía ereti, ¿mba'éiko ojehu ndéve, Carlos?
—Chéve mba'eve, ha'e ndovy'avéima ko’ape, ha hasy vaivéma ko'ãga.
—¿Pehóma piko pohanohárape?
—Roho, ha he'i oréve hikuái, ore ru orekoha mba'e vai ikorasõme.
—Ha upéicharõ oñepohãnokáta.
—Hasy vaíma ha'e, Eugenio, ha nde nderehói kuri orendive.
—Che araháta chupe upéi.
—Aje'íma rejapovamo'a upéva. Che araháta chupe Paraguáipe.
—Nde tavyraíma, Carlos. ¿Mba'éicha eraháta chupe?
—Che atukupe'ári araháta, Eugenio. ¿Nderesaráima mba'éicha ha'e kuri ñandegueraha kokuépe ijape ári, yma?

Heta aiko va’ekue che ru ape ári, che mitãme. Ha'e oguata'i ohóvo kokuépe, ha che adiparáma hapykuéri. Heta che saraki…

—¿Ne' ĩra ja'úta mandi'o?
—Ñaha'arõta michĩmi, che ra'y.
—¿Heta ñaha'arõta? Che vare'aitereíma.
—Oĩtama, ha'e ndéve. Nde sy ndeja'óta upéicha eñe' ẽro hovaképe.
—Che vare'ánteko, che ru.
—Rohayhyueterei katu, che ra'y.
—¿Oíma pe mandi'o chyryry?
—Oíma. Rehenói Eugenio pe ha peju pekaru.

Lekaja he'i kuri chéve che rayhuha, ha che nda'éi chupe mba'éve… mitã tavy. Heta mba'e ojapo che rehe pe tuja'i. Ha'e akue che túva, paraguayo okakuaava'akue ñúre, vaka ha kure apytépe, tekaka ári, pynandi; che hína ita'ýra, Carlos Sosa, paraguayo, mitãme heta isarakíva, ha heta oikóva itúva ape'ári…

—Robert, cherahamína Paraguaýpe.
—Jaha. Ndaipori mba’e ivaíva.
—¿Mboy hína hepykue pe jeraha?
—¿Nde túva piko hasy? Nde che angiru, Carlos, reínte rorahata.
—Ñandejára nderovasáta, che angiru.
—Ani ejepy'apy.
—Aréma lekaja ohose ñande retãme, heta oha'arõ ha ko'ãga ramo rohóta.
—Py'aguapýpe mante osẽ porã opa mba’e.

Che túva ha che roguahẽ ko yvý pytã asývape… ha hetaite rohechaga'u ore retãmi…Terminalpe rojupi pe mba’yruguata ohova Guairápe, ha hasýpe rohomi ore rogakuépe, ymaitéguive opytava’akue karai Esteban oñangareko hese.
Mbeguevéntema oguata kuri lekaja, ha che añandu che py’ápe ha’e otopámaha pe teko jarekóva jaikovévo. Oma’ẽ che rehe, pukavýpe, ha he’i chéve:

—Avy’aiterei, Carlos.
—Che rohayhueterei, lekaja—ha’echupe.
—Rohayhuvéntema, che ra’y…
He’ipa jave upéva, oho chugui ipytu, ha ho’a che renondetépe.


Milson De Jesús Godoy Caballero

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